Iván Trueta
Proyecto - Project
La obsesión por la normalidad nos ha llevado a endurecer el núcleo de la cotidianeidad vacía. A movernos en una mezcla de horror permanente con acciones cada vez más nimias. El aturdimiento que permite este engaño genera imágenes terribles que no obstante han perdido la posibilidad de asombrarnos. Hemos logrado llegar a un divorcio entre tensión y violencia. Evidenciar la concurrencia de estos mundos, el de la inocua existencia vacía, con el de la violencia es evidenciar el éxito del resquebrajamiento colectivo, la muerte de toda épica. Es la pretendida normalidad la que se mezcla con las señas de aquello que irrumpe en el agotamiento para acomodarse.
Esta serie de obras intenta militar contra los elementos que componen nuestra inercia. Un atisbo de sentido nos obliga a detenernos en la falta de pasión, en la aceptación de un estado de sitio mental, que es un instante donde lo vulnerable y su protección se han traspuesto para subsistir. Se han refugiado en lo artificial. Pasa lo mismo con el tiempo, acaso es un momento del pasado invadido por la nostalgia protectora, o una advertencia de futuro. Por qué la ambigüedad nos resulta tan incómoda, tan atemporal. ¿Los miedos son presentes o augurados?
No es una caricaturización de los hechos, o una oportunidad de denunciar su absurdo, agotado al infinito por una realidad cansada de sus críticos. Es una serie de eventos que evidencian la convergencia de los terrores hegemónicos con las acciones que se asfixian donde no hay otro discurso que la preservación de una paz tan terrorífica como su contrario. Una violencia encubierta en la negación de posibilidades, en la preservación de aquello que está podrido.
Es al mismo tiempo, un discurso que busca mostrar las estructuras de dominación manifestándolas en el mismo plano que nuestras acciones, convirtiendo lo detallado en la clave comprensiva: miedo, egoísmo, abandono son sobrepuestos en las viejas fotos que pretendemos preservar, pero a las que se han colado misteriosos elementos de guerra. En la calma que se observa, la violencia ya no genera reacciones en los personajes.
Las piezas enuncian la paradoja del momento, la cohabitación del vacío y la violencia. La confusión que rompa, los juicios estériles, las posiciones simplistas. Quién ejerce la violencia, y quién siente el miedo ya no están ahí, se ha logrado fusionar en algo que los vuelve contradictorios. Si existiera una materialización del miedo, entonces aparecerían las casualidades, y el asombro que vive en ellas, pero aquí se prefigura un ritmo que lo acompaña todo: la luz, los rostros, la disyuntiva. Esto es cualquier escena invadida por el discurso que busca perpetuarlas. Por la razón del infierno. Es el desfase entre la visualidad de la violencia y la aparente falta de expresividad del miedo. Removernos de la marginalidad de una batalla, porque no hay discurso, épica o causa. El verdadero horror es lo que buscamos preservar.
No se enmascarara la situación como un evento disfuncional. Ahí donde todas las prácticas se condicionan por la violencia no podemos acudir a la sorpresa, porque la hemos reemplazado por un sentido univoco y maniqueo. Hemos esterilizado todo con la obsesión por permanecer. No hay nada fuera de lugar, ni se exagera la paranoia de la seguridad. En realidad lo que sucede está desvelando una obsesión por no ver transmutado un orden que se acomoda, y que resplandece en la autosatisfacción del individuo. La violencia no es el lugar de las armas y la sangre, sino los fines que la acompañan. La calma es el horror, más cuando carece de un discurso capaz de evidenciarla.
Baudrillard plantea que “las cosas han encontrado un medio de escapar a la dialéctica del sentido que las aburría… en una escalada a los extremos, en una obscenidad que les sirve ahora de finalidad inmanente y de razón insensata”. Y en esa facultad, que rompe la premisa dialéctica, para instalarse en la repetición del horror (que sería sino un manual para madrear a alguien) se sostiene el discurso de simulación de la verdad, de la normalidad. Trueta reconoce esta capacidad de la realidad para simularse como artificial: más real que lo real: el horror no se borra ante su imagen, sino ante su extremo: la normalización. Ya no hay nada oscuro por explorar en la pulsión de violencia, excepto que deje de ser una pulsión para lograr su acomodo en lo cotidiano, en la inercia de ordenarla y darle un sentido.
Sabe que no es el drama la mejor forma para apropiarse de esas imágenes violentas, ni un ataque al poder de quien lo quiere para sí. Es su capacidad para mimetizarse pese a extrema contradicción; una invasión de esferas contrarias que delatan con gusto la esquizofrenia del desdén que vaga en nuestro interior, acomodándose, estandarizándose en un manual.
Rafael López